Mostrando entradas con la etiqueta Photina Rech. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Photina Rech. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de mayo de 2010

Sor Fotina Rech: Preludios de los evangelios

Tal como prometí, publico un pasaje de Sor Fotina Rech. Doy mi traducción del texto inglés.

Permitidme citar antes unas lecturas previas que la autora supone frescas en el lector:

Gen 2, 8-10. «El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado. Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y al paladar, y en medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Nacía en el Edén un río que regaba el jardín, y desde allí se dividía en cuatro brazos».

Gen 3, 22-24. «El Señor Dios se dijo: “El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que ahora extienda su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre”. Entonces expulsó al hombre del jardín del Edén, para que trabajara la tierra de la que había sido hecho. Y después de expulsar al hombre, puso al oriente del jardín del Edén a un querubín que blandía llameante espada, para guardar el camino del árbol de la vida».

Is 5, 1-5. «Voy a cantar a mi amado el canto de la viña de sus amores: Tenía mi amado una viña en un fértil otero. La cavó, la despedregó y la plantó de cepas escogidas. Edificó en medio una torre, e hizo en ella un lagar. Y esperó que le diese uvas, pero solo le dio agrazones. Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá: juzgad entre mi viña y yo. ¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no haya hecho? Yo esperaba que me diese uvas. ¿Por qué me ha dado agrazones?».

Ap 22, 1-3. «Después el ángel me mostró un río de agua de vida, claro como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero, en medio de la plaza de la ciudad [celeste]. A ambos lados del río, había sendos árboles de la vida que daban fruto doce veces al año, una vez cada mes, y sus hojas servían de medicina para las naciones».

V.t. Ps 53, 9-19; Mt 21, 33-41; Jn 15, 1-8.

Preludios de los evangelios. De acuerdo con una antigua tradición judía que se abrió camino en las primitivas leyendas cristianas, el Árbol de la Ciencia del paraíso era una vid. El arte lo ha expresado atinadamente como una cruz de madera entrelazada de sarmientos de vid. Esta imagen nos choca menos cuando sabemos por un autor romano que los antiguos llamaban árboles a las vides, a causa del enorme tamaño que en efecto alcanzan si no se las poda. Las vigas usadas en la fábrica de algunos templos antiguos dan fe de las gigantescas proporciones de estas vides. Algunos templos descansaban sobre columnas de madera de vid, y Plinio consigna que los escalones del templo de Diana en Éfeso estaban cortados de una sola vid de Chipre.

Los antiguos tenían a esta vid, o árbol de la Ciencia, como parejo compañero del Árbol de la Vida en el jardín del Edén. Según el apócrifo Apocalipsis de Baruc, las aguas del diluvio anegaron el paraíso destruyendo cuanto allí florecía, y también arrancaron la vid que crecía en el centro del jardín y la arrastraron lejos de allí. Noé encontró el pie y Dios le mandó replantarlo. Así Noé restauró el cultivo de la vid en el nuevo mundo. Y dice la leyenda que plantó aquella vid en la cumbre y centro de la tierra.

No es mera coincidencia que, según una antigua tradición, ese mismo punto se identifique con el centro del paraíso perdido y con el lugar donde fue creado Adán, donde desobedeció el mandato de Dios y donde fue enterrado. Allí se cree que se hallaba la roca del Gólgota. Y allí también, en la cumbre y centro de la tierra, se ha dicho que un ángel cumplió la orden de poner una semilla del prohibido Árbol de la Muerte en la boca del difunto Adán, nuestro padre primordial. Sobre la calavera de Adán se erguiría, en la plenitud de los tiempos, la cruz del Salvador: el Árbol de la Muerte maravillosamente transformado en Árbol de la Vida. El árbol de la Cruz, según esta piadosa tradición, procedía del árbol del jardín del Edén.

En la visión de los antiguos, que eran conscientes del simbolismo de cuanto veían, signo y realidad coincidían en este centro del mundo. Allí Noé, como prefiguración del Salvador que había de venir, plantó la vid del paraíso. Allí también corrió la sangre de Cristo como el mosto de una uva pisada, y mojó la tierra que cubría los huesos de Adán. Y allí, del primer pie de la nueva viña, brotó como renuevo el árbol de la Cruz.

El Apocalipsis de Baruc dice que «los agrazones de la viña maldecida se convierten en dulzura. La maldición se torna bendición. Lo que de ella se cosecha se convierte en la sangre de Dios. Y así como por aquel fruto fue condenada la raza humana, ahora por Jesucristo Emanuel [que cuelga como fruto del árbol de la Cruz] la humanidad es de nuevo llamada al paraíso».

Hay una profunda sabiduría y verdad en el fondo de estas cabriolas exegéticas que, con razón, han sido llamadas resonancias de los profetas y preludios de los evangelios. Lo que nos fascina aquí es la intuición de la unidad entre viña y Cruz.

La identificación simbólica de la viña del Edén con la Cruz también se insinúa en El Martirio de Mateo, una primitiva leyenda apócrifa de los apóstoles. Según este texto, el árbol primordial del paraíso resucitó como vid feraz en el «milagro del árbol». Brotó de una varita que el apóstol Mateo había recibido de la mano de Jesús y plantó por su divino mandato. Este nuevo Árbol de la Vida, cargado de racimos, cuya fronda rezuma miel y de cuyas raíces mana agua a raudales, tiene las trazas de aquel primer Árbol de la Vida. Como él, es un símbolo de la Cruz de Cristo, verdadero Árbol de la Vida, cuyo fruto y manantiales de agua viva transforman este mundo perverso en la nueva creación en Cristo.

lunes, 3 de mayo de 2010

Sor Fotina Rech: una monja muy benedictina

En su obra «Jesús de Nazaret» (p. 285), al tratar del simbolismo del agua en el Evangelio de Juan, el Papa establece una analogía entre el doble principio de la procreación natural, padre y madre, y el renacer del Bautismo por el Espíritu divino y el agua. Y cita la siguiente frase entre comillas al hablar del agua como «madre universal de la vida natural elevada en el sacramento mediante la gracia, a imagen gemela de la Theotokos [Madre de Dios] virginal». La autora de quien la toma va referida in-texto: «Photina Rech, Inbild des Kosmos. Eine Symbolik der Schöpfung, O. Müller, Salzburgo 1966, vol. 2, p. 303». Y sigue el Papa: «Dicho de otro modo, para renacer se requiere la fuerza creadora del Espíritu de Dios, pero con el sacramento se necesita también el seno materno de la Iglesia que acoge y acepta. Photina Rech cita a Tertuliano: “Nunca había Cristo sin el agua” (De Bapt, IX 4), e interpreta correctamente esta palabra algo enigmática del escritor eclesiástico: “Nunca estuvo ni está Cristo sin la Iglesia” (vol. 2, p. 304). Espíritu y agua, cielo y tierra, Cristo e Iglesia van unidos: de esta manera se produce el “renacer”. En el sacramento, el agua simboliza la tierra materna, la Santa Iglesia que acoge en sí la creación y la representa».

En su homilía de la Vigilia Pascual, hablando también de la regeneración bautismal, dice el Papa: «Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no podía contemplar el rostro de Dios. “Entonces –prosigue el libro de Henoc– Dios dijo a Miguel: ‘Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria’. Y Miguel me quitó los vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos” (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524)».

¿Quién es esta autora, a quien el Papa toma en tanta consideración? Pues poco puedo deciros: Sor Fotina Rech OSB (1914-1983) fue monja de clausura en la abadía benedictina de la Santa Cruz de Herstelle (Renania-Westfalia, Alemania) y creo que no escribió otro libro que el citado «La llave del cosmos», subtitulado «Una simbología de la Creación», de más de mil páginas en dos volúmnes. Hay un extracto publicado en inglés bajo el título «Bread and wine» y disponible en Google Books. Lo recomiendo vivamente.

Es una obra que aúna erudición y sabiduría, muy en la línea de la teología monástica, y al estilo del Papa: Antiguo y Nuevo Testamento, patrística, apócrifos, literatura intertestamentaria, mitología clásica… Los escritos de Sor Fotina nacen de la contemplación, de la lectio divina, y a ella conducen.

Me propongo ofreceros en futuras entradas mi personal traducción de algunos pasajes, a partir de la edición inglesa. Con el favor de Dios.